Año Nuevo: la ONU y el silencio que pesa

Blog   •   04 de enero 2026

Año Nuevo: la ONU y el silencio que pesa

“¿Dónde estabas entonces?”, como dice la canción.

Después de unos días de reflexión sobre la caída de Maduro, de leer y escuchar a tantos analistas políticos, me queda una duda; estamos ante una realidad espontánea o frente a un plan guionizado en el tiempo. Algo que sí me queda claro, es que como sociedad volvemos a optar por la polarización a la hora de analizar lo ocurrido, sin hallar la madurez que exige la historia.

Tal vez ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Dónde ha estado esa organización llamada a proteger el derecho internacional durante veintisiete años, mientras Venezuela se desmoronaba bajo el control de una narco dictadura, mientras la vida de los venezolanos se hacía cada vez más difícil y el mundo se proponía únicamente como mero espectador?

Cuando la autoridad no se ejerce, la injusticia avanza sin pedir permiso. Y la historia —esa que insiste en repetirse— demuestra que los líderes sin escrúpulos saben aprovechar las virtudes de la democracia para vaciarla, actuando como verdaderos secuaces del poder. Usan sus reglas, su lenguaje y su legitimidad aparente para destruirla desde dentro.

Lo que está sucediendo en el país con mayores recursos petrolíferos del Caribe es una realidad incómoda para el resto del mundo, porque obliga a mirar de frente las propias contradicciones.

En este momento de la historia me vienen a la mente lecturas como ¿Son demócratas las abejas?, de Antonio Fornés, que en su momento me llevaron a una reflexión clara: cuando la apariencia sustituye a la esencia, ya no hablamos de democracia, sino de una simple caricatura. Elecciones sin garantías, instituciones sin independencia, discursos que invocan al pueblo mientras lo silencian.

En ese vacío, nos quedamos solos frente a líderes que confunden legitimidad con permanencia. Y muchos regímenes se envuelven en buenas palabras —pueblo, soberanía, democracia— mientras, por debajo, se manipula la voluntad popular y se señala al que no opina igual.

Venezuela deja una lección que va más allá. Quizá el desafío no sea solo reconstruir instituciones, sino reconstruir el alma democrática. Volver al humanismo, a la responsabilidad ética, a entender que el poder no es un botín que se conquista, sino un servicio que se ejerce.

Porque si normalizamos la injusticia ajena, estamos practicando la nuestra propia. Y ojalá que, cuando la historia nos susurre ¿dónde estabas entonces?, no tengamos que bajar la mirada.